9.26.2026

 

Queremos informarle que mañana seremos asesinados con nuestras familias

Philip Gourevitch

 



 

 

“Si hay algo seguro en este mundo, ciertamente es esto: que no nos sucederá una segunda vez”. Primo Levi, 1958, Si esto es un hombre.

 

“Sucedió, por lo tanto puede suceder otra vez: ésta es la esencia de lo que tenemos que decir. Puede suceder, y puede suceder en cualquier parte”. Primo Levi, 1986, Los hundidos y los salvados.

 

 

 

Philip Gourevitch visitó Ruanda unos meses después del genocidio de 1994 y a partir de ésa y posteriores visitas construye un relato complejo y completo sobre la historia de ese pequeño país: desde los orígenes de las tribus, el colonialismo, la segregación, el genocidio, la inacción de la ONU, la toma del poder de los agraviados, las sentencias y las guerrillas y guerras posteriores.

 

Cuenta que ese país fue poblado por tres tribus con rasgos físicos diferenciadores pero que a final de cuentas se mezclaron por generaciones sin tener problemas. Al llegar los colonialistas europeos, impusieron su visión racial y dejaron la administración del país a los más “parecidos” a ellos:  personas altas y delgadas (los tutsis). Al pasar de los años se engendró odio en los parias (los hutus) que culminaría con su toma del poder político. Todo este proceso de segregación se materializó en un carné de identidad racial por lo que quedó determinado el lado de la historia en el que cada individuo iba a acabar.

 

Durante los 35 años previos al genocidio de 1994, la tensión entre ambas etnias se mantuvo en un frágil equilibrio. A lo largo de este periodo, los hutus —antiguamente relegados y posteriores perpetradores— tomaron las posiciones clave del poder, lo que intensificó la rivalidad y derivó en desplazamientos masivos, muertes en ambos bandos y una profunda inestabilidad política.

 

De esta tensión acumulada se desencadenó la catástrofe. El resentimiento hutu fue avivado por medios de comunicación extremistas, como la revista Kangura y la radiodifusora Radio Televisión Libre de las Mil Colinas. Previamente, empresarios y líderes políticos coordinaron la compra y distribución masiva de machetes entre la población esperando el momento oportuno y éste se dio cuando el presidente Juvénal Habyarimana murió en un atentado sin que hasta la fecha se sepa por quién fue planeado. En tan solo tres meses, ciudadanos comunes asesinaron,enfrente de la ONU, a cerca de un millón  de personas, lo que representaba aproximadamente el 15% de la población del país.

 

Posteriormente, el Frente Patriótico Ruandés (FPR), liderado por el exiliado tutsi Paul Kagame, tomó el control militar del país, puso fin a las masacres y estableció un gobierno de coalición  aunque la estabilidad duró poco: cerca de dos millones de hutus huyeron a países vecinos, principalmente a Zaire, por el temor de las represalias. En los campamentos donde se asentaron las condiciones fueron muy precarias y la población fue diezmada por una epidemia de cólera que causó la muerte de decenas de miles de personas.


En estos  campos de refugiados auspiciados por la  ONU, las milicias interahamwe  (hutus) controlaron los recursos donados por organismos internacionales y acrecentaron su  estructura de poder político y económico. Se rearmaron bajo la protección del dictador Mobutu Sese Seko (dictador de Zaire, hoy República Democrática del Congo) e iniciaron incursiones armadas contra Ruanda y contra las comunidades tutsis del este de Zaire. 


Ante la inacción internacional para desarmar los campos  y tras un ultimátum de las autoridades zaireñas para expulsar a los tutsis locales en octubre de 1996, Ruanda organizó una gran ofensiva con varios países contra Zaire para identificar a los genocidas resguardados en los campos, repatriar masivamente a los refugiados (hutus) y terminar, de paso, derrocando al régimen de Mobutu que en ese momento contaba con 26 años en el poder. A estos acontecimientos se les llamaría “Guerra Mundial Africana”.



El aspecto más interesante del libro de Gourevitch es que no se queda en esta escrupulosa  descripción histórica y política sino que combina la complejidad de estos hechos con  una crónica de sus viajes. Habla de sus recorridos por los villorios de las masacres, de las iglesias que fueron auténticas trampas mortales,  de su encuentro con los cadáveres insepultos, de sus entrevistas con los familiares afectados  y con los perpetradores, con los enjuiciados y con gente en el exilio. El libro se convierte, pues,  en un relato coral donde inmediatamente salta a la vista la  aceptación y adaptación por parte de  los tutsis al vivir al lado de los asesinos de sus familiares. 


Como conclusión se puede extraer que los culpables no obtuvieron castigo y parece que después de haber ejecutado todos estos crímenes fueron de alguna manera recompensados. El mecenazgo de Francia, ya sea por intereses o por filias e ideologías, y la pasividad de la ONU y muchos otros países permitió sostener el régimen de terror de los hutus incluso en los campos de refugiados. Además el destrozado sistema gubernamental de Ruanda quedó inhabilitado para aplicar verdaderamente la justicia: al priorizar la reconciliación y considerando que en términos prácticos era imposible encarcelar a todos los culpables se repartieron penas cortas, en el mejor de los casos. 



Restaría señalar que el título del libro proviene de una frase en la carta que pastores tutsis refugiados dirigieron al presidente de la iglesia adventista local, a quien le suplicaban que intercediera por ellos ante el alcalde para salvar sus vidas: «Queremos informarle de que nos han dicho que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias.».


12.20.2024

Historia de la decadencia del Imperio Romano
Edward Gibbon


La obra fue publicada en mil setecientos setenta y tantos y es fruto de una profunda erudición y trabajo de investigación monumental. Gibbon inicia con lo que supone el clímax de Roma (la dinastía antonina) y nos va contando de manera lineal los acontecimientos desde el punto de vista de los diferentes emperadores, de los generales y de las conquistas y defensas del imperio. Así, conocemos por sus méritos quiénes podrían ser considerados los mejores gobernantes en más de mil años de historia y quiénes, por sus inclinaciones y bajezas, los peores.

En sus páginas podemos entender por qué el imperio cambió de Capital en diversas ocasiones, cómo dejó de ser un país de romanos para ser un país cosmopolita que albergaba y que fue gobernado por personas de todos los orígenes, qué pasó con las imposiciones imperialistas por parte de los militares, por qué se dio la división administrativa del imperio, cómo fue el poder compartido entre 4 príncipes, en qué momento se dio la ruptura definitiva del imperio entre Oriente y Occidente, cómo fue la deglución de éste por oleadas de invasiones bárbaras para finalmente presentarnos el desmoronamiento y la triste deposición del último emperador (Rómulo Augústulo) con la conversión de Italia a un reino bárbaro (godo).

También se nos narra la ascensión del cristianismo de una secta caracterizada por el ascetismo y el sacrificio a la religión dominante, así como las luchas políticas al interior de la recientemente creada iglesia católica. El regreso al politeísmo, las andanzas de los mártires y cómo el catolicismo se supo colocar por encima de cualquier gobernante.

Sobre la obra monumental de Gibbon algunos críticos han escrito: “es un trabajo de proporciones colosales, cuya huella aún perdura. Abarca trece siglos: desde Trajano hasta la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1453. Por sus páginas se suceden los más diversos personajes y acontecimientos: Carlomagno, Atila, Mahoma, las guerras con los pueblos germánicos, el saqueo de Roma, las cruzadas o la difusión del islam. Pero la obra de Gibbon es también, como dijo Borges, un monumento al arte de narrar”.

Y esto último es muy cierto: a pesar de ser literalmente miles de páginas no es una obra aburrida o pesada; son páginas muy entretenidas y uno avanza rápidamente en la lectura sin siquiera darse cuenta. Se trata de uno de esos libros de historia que se leen con placer y que nos enseñan tanto sobre los más diversos temas.


(En esta edición estadounidense metafóricamente vemos las columnas (latinas) degradarse con el paso del tiempo)




8.04.2023

La taberna (L'assomoir), Émile Zola (1877)



En ocasiones la gente sugiere: “Diga un libro que le haya cambiado la vida” y ahí va la retahíla de novelas más o menos tradicionales, que se dejan leer o que no se dejan leer pero que para el interpelado significaron algo en su momento. Creo que una cosa es un libro que a uno le haya gustado mucho y otra cosa muy diferente es un libro que haga ver la vida de manera distinta. En mi caso, podría decir que los clásicos griegos son libros que me han gustado mucho, pero en estricto sentido no han producido un cambio sustancial en mí.

Si tuviera que decantarme por uno en esta última categoría tendría que decir “Si esto es un hombre” de Primo Levi. Es el libro que más me ha hecho reflexionar en la vida y no es una lectura agradable si no todo lo contrario. Es un documento que nos hace pensar en el Mal, en cómo el género humano puede gastar tantas energías en hacer daño y eso es tristísimo.

 

A caballo entre novelas que me han gustado pero que también han trastocado la perspectiva de la vida está “La Taberna” de Zola. De él no había leído nada y francamente no se me antojaba. "Nana" siempre salía a relucir y curiosamente es lo peor que a la postre leí de él. “La taberna” en cambio es un libro demoledor. Significa leer sobre la forma en la que la pereza y la desidia pueden destruir la vida y también es darse cuenta de cómo la envidia enrarece todo lo que toca. Significa también leer sobre los vicios, sobre como destruyen el patrimonio, la moral, la salud y la familia. Es, en suma, leer sobre la miseria y la imposibilidad de salir por que se está mejor comiendo, bebiendo y revolcándose en el lodo. 

Zola fue un escritor heterodoxo en muchos sentidos. El tratamiento de la sexualidad, de las relaciones humanas, de ese libertinaje tan sin vergüenza y tan natural no era algo usual en la época y creo que sigue sin serlo. Además, está el protagonismo que da a sujetos desagradables y vividores.  Zola tampoco es complaciente con el lector y no ofrece páramos de esperanza entre las desventuras de sus personajes,  por el contrario: se ensaña fulminándolos de la manera más dolorosa posible.

Fue un escritor llamado naturalista, aunque yo utilizaría el calificativo de determinista en el sentido en que la suerte de sus personajes está echada. De acuerdo con su percepción, los antepasados determinan el futuro de sus descendientes porque todos sus defectos los han heredado a través de los genes.  Es probable que se esfuercen pero a final de cuentas puede más la predisposición genética al vicio y a la corrupción por lo que de cualquier forma acabaran mal. Es lo que sucede con Gervaise, la pobre y desventurada protagonista de La Taberna: se desvive por superarse y sacar a su familia adelante, toca un máximo de felicidad para después tomar malas decisiones que la llevarán a la ruina.

Zola fue uno de esos raros novelistas del siglo XIX que no escribía sobre la nobleza o la burguesía. Él se sentía cómodo dando vida a los barros bajos y la verdad es que los refleja bastante bien. Cuando nos cuenta  de la alta sociedad (“Nana”, “La Jauría”) se convierte en escritor soso y repetitivo (sin sabor, podríamos decir) y al que no se le cree mucho lo que argumenta. Sí se  mueve con soltura entre los arrabales, hablando sobre la lucha por no morir de cansancio por el trabajo o de hambre por los raquíticos sueldos, recreando lo que  una parte considerable de la sociedad vivía por aquella época.